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Huidobro en el borde del mundo

Claudia Carvajal

Cumplidos 133 años de su nacimiento, la figura de Vicente Huidobro continúa ocupando un lugar central en la poesía de vanguardia del siglo XX. No se trata únicamente de la vigencia de su obra, sino de la persistencia de un pensamiento poético que interroga la relación entre lenguaje, creación y mundo. En Cartagena, en el litoral central de la Región de Valparaíso, el poeta pasó sus últimos días y allí se encuentra su tumba, orientada hacia el océano Pacífico. 

Desde este lugar, la referencia a su nacimiento no funciona como una efeméride cerrada, sino como una ocasión para considerar una de las preguntas fundamentales de su proyecto estético: qué significa crear cuando el lenguaje deja de obedecer a la realidad y comienza a producirla. El creacionismo, formulado por Huidobro a partir de la segunda década del siglo XX, no fue una simple innovación formal, sino una concepción del poema como realidad autónoma. En ella, el lenguaje no refleja el mundo: lo instaura.                                                

Esta concepción atraviesa su obra de manera constante y alcanza una formulación particularmente radical en Altazor (1931), uno de los hitos de la poesía moderna en legua española. Allí, el poema se organiza como una experiencia límite: ascenso, quiebre y caída del lenguaje. La fragmentación no responde a un gesto arbitrario, sino a la exploración de la palabra llevada hasta el punto en que deja de sostenerse como instrumento transparente de sentido. La caída no anula la creación; la expone a su propio riesgo.

La trayectoria vital de Huidobro estuvo marcada por el desplazamiento entre distintos espacios culturales. Santiago, París y Madrid fueron escenarios decisivos de su formación y proyección poética. Sin embargo, el retorno final a Chile y la elección de Cartagena introducen una inflexión que no puede leerse solo en clave biográfica. El litoral aparece aquí como un espacio de límite, donde la tierra se abre al océano y la mirada se proyecta hacia lo indeterminado, en consonancia con una obra que exploró de manera constante los márgenes del decir.                       

La tumba de Huidobro en Cartagena no funciona únicamente como un lugar de memoria. Su orientación hacia el mar y su exposición a la intemperie inscriben el cuerpo del poeta en un territorio donde el movimiento y la transformación son constantes. En ese punto, la poesía deja de ser exclusivamente texto y se convierte en presencia, articulando cuerpo, lugar y tiempo sin necesidad de mediaciones interpretativas. El territorio no explica la obra ni la ilustra, pero la acompaña en su proyección más allá de la página.

Cumplidos 133 años de su nacimiento, Vicente Huidobro no pertenece únicamente a la historia literaria. Su obra continúa operando como una fuerza que se proyecta más allá del texto y se inscribe en un territorio concreto del litoral central chileno. Allí, frente al océano, el poeta que concibió la creación como un acto absoluto permanece no como figura monumental, sino como una presencia que sigue abriendo preguntas en el borde del mundo.